viernes, diciembre 15, 2006

El Palacio.

El rey, principalmente sentado en el sillón más principal, mira cómo la princesa deja pasar sus blondos mechones entre los finos dedos de la mano izquierda a la vez que utiliza la derecha para untarse rubor color carmín. A esto la reina sentada plácidamente sobre su chal, sombrero y minifalda no deja de mirar cómo el chiquito y cojonudo pero fanático de marilyn manson de su hijo príncipe hace las muecas más graciosas y divertidas frente al espejo en tanto sostiene al gato de la familia real entre su pulgar, anular e índice. El felino, por su parte, incomodado por la presencia de la guardia y de los curas y de toda la gente en general, y no sintiéndose particularmente bien aquel día por no haber hecho su purgación de la tardecita, no entiende del todo muy bien nada y a duras penas puede toser. Un policía se apuesta a cada lado de la puerta, uno mira para adentro y otro para afuera, se toman turnos, duermen la siesta, cada tanto van al baño y no hacen de las mejores migas con la reina, más o menos con la princesa y para nada mal con el rey; el príncipe no les habla. Los obispos, algunos gordos pero la mayoría flacos, esperan impacientes no se sabe muy bien qué cosa vestidos de violeta y azul según sus propiedades divinas y rango en la puer fellatio maioris. Los comunes están sentados en el patio y tras una larga competencia de mirar fijo al sol, todos terminan tirados en el piso con manchitas amarillas en los ojos cerrados. En las caballerizas un mozo jorobado pero de ojos azules y corazón profundo trataba de alimentar un caballo desganado a la vez que de ordeñar una vaca con síndrome de down. Ahí llegó una persona, otro mozo, alto y flacuchento, y se puso a ordeñarla. Termina de ordeñarla, se lava las manos y se va. Y vuelve. La princesa se asoma a la ventana, sorprendida, y lanza un grito. Todos la miran, todos miran para adentro. ¿Y el rey? La reina pierde la corona y se sobresalta. El príncipe precipitado por la peligrosidad de la pauperidad prioriza por lo pronto pegarse el palo. El gato se deja caer y, en su vuelta, vomita majestuosamente sobre el piso real. Los guardias míranse confundidos entre si y tras correr un largo rato en una no muy importante dirección dan con un agujero en la pared. La rata corretea con algo entre las manos por entre los pies de los guardias, esquiva al primero y al segundo pero no al tercero ni al cuarto. Los obispos quedan petrificados bajo la continuidad de la presencia del acto que es constitutivo de la esencia del acontecer, que es el ser. Los comunes chapotean felices en la fuente, patas hasta la rodilla, mientras cantan y bailan al rededor de la estatua. El primer mozo por fin logra hacer que el caballo pruebe bocado, tras una larga sesión de comer heno, así que para este momento mira con autosuficiencia sus labios partidos. El caballo se dedica a comer heno. El segundo mozo, extrañado, se pone a beber directamente de las ubres de la vaca: su tarde no va a ser tan buena cuando se entere que la vaca es transgénica. La vaca mira con ojos melancólicos un pasado que nunca fue. ¿Qué pasó? La reina siempre estuvo espolvoreada, el príncipe parado, los guardias sentados, la rata muerta, los obispos impacientes, los comunes festivos, el mozo devoto, el caballo con spleen, el otro mozo borroso y la vaca, mu. ¿Y la princesa? La princesa, otra vez, vuelve a gritar. ¿Qué le pasa? pregunta el rey. Ya nadie le presta atención. Arrugada y un poquito más gorda, vuelve a entrar. El rey se sienta en su trono y mira como quien lleva el vestidito colorado con calzas verdes pispea por el espejo a la mujer cuarentona y sin ganas que se sienta con una mezcla de superioridad y desdén en su principal banquito para controlar a su adolescente y alocada pero con buenas intenciones hija que camina hacia los hombres armados no sólo con la justicia que hacen como si no la vieran mientras se tambalean hacia unos ancianos vestidos de púrpura y azabache que les pasan correteando inhibidos por al lado en su procesión hacia las fuentes donde hay gente ya satisfecha que sólo piensa en comer al animal redondo, rozagante y todo peludito que para este momento es ordeñado por un chaleco y dos patas seguidas de una cabeza con sus respectivos ojos y orejas, todos concentrados en el suave relinche que emiten las satisfechas fosas nasales de río bravo mientras a su lado se sienta una persona con suficiente baba como para que no le importe.