lunes, octubre 02, 2006

Alicia 2 - Esta vez es personal

Se despertó sólo para darse cuenta de que todo había sido un sueño: el conejo, el reloj, el sombrerero, todo estaba entre sus sábanas. Decidió, entonces, estirar sus piernas y arrobarse en las colchas, estaba poseída por esa sensación invernal donde las sábanas se asemejan a una mortaja, o quizá a las vestimentas de una délfica; de cualquier manera, ella no quería levantarse y no iba a hacerlo. Miró por la ventana casi como por reflejo para comprobar si el día era digno de la dolorosa dilación de pupilas que demanda, pero las cortinas estaban corridas y no creyó lo suficiente como para levantarse.

¿Todo había sido un sueño? ¿El gato, la reina, inclusive el agujero? “Ha sido, sin embargo, un gran sueño” se dijo a si misma con una autosuficiencia que ocultaba, y ella mejor que nadie lo sabía, todos sus temores en esas dos palabras entre comas. ¿Qué si todo era un sueño? ¿Despertar? Nunca hemos de despertar, ¿por qué nos molesta entonces soñar? De tanto pensar se estaba despertando y le dolía. Movió maquinalmente la colcha contra su voluntad y de un salto estuvo sobre sus pies, dispuesta, aparentemente, a recibir el nuevo día. Todavía le pesaban las sábanas, algo de incómodo había en ellas, quizá los dibujos que tan bien copiaban al sueño, o quizá el hecho de que esta mañana, sin excepción, entre ellas se había vuelto a esconder lo azul de la tibieza; las colchas estaban desparramadas en el piso mostrando su inocencia pero la almohada dejaba entrever una cálida sonrisa matutina, de esas que son pérfidas a la distancia. Desplazando su ya no tan tibio brazo hacia el escritorio, abrió las cortinas. El día, en su belleza, resultaba ya monótono para una jovencita de 8 años que se había dado cuenta que siquiera un sueño la vida era. Dos pasos y estuvo en el baño, dos más y llegó a la cocina.

La cocina le producía ese temor místico que causan en el hombre las tablas de los mandamientos: especias, embutidos, todo tipo de surtidos alimenticios adornaban una habitación pequeña pero demasiado funcional. “Una tostada, mi reino por una tostada” pensó, y se sonrojó. La cultura, o así ella lo llamaba, era una idea extraña y seductora: creía ver tanto más, cíclopes y lestrigones, espíritus del viento; pero era un temor respetuoso y tal alusión fue una irreverencia que pagó con silencio y una mirada baja. Leer un libro constituía su mayor y más secreto ritual: sola, en la penumbra de su cuarto, saboreaba las primeras páginas, le daba forma al héroe y se hacía heroína, podía pasar horas mirando un cuadro, pero un libro necesitaba ser leído, avanzar, se emocionaba cuando matan a Héctor, una y otra vez recorría tres veces la eterna Ilión en busca de salvación, pero nada, los dioses siempre la traicionaban, o eso pensaba ella; entonces no hay que confiar ni en una misma llegada la ocasión: ¿De dónde sacaba esta voluntad de vivir una niña a la que hasta los sueños se le revelaban falsos? Una ocasión tuvo la fortuna, si así fue, o como dicen, decía, la suerte sonríe a unos y se ríe de otros, de cruzarse con un libro que hablaba de la intervención divina en el Morija y del movimiento hacia la eternidad una vez la resignación, fe, o algo así. Ya no creía en la vida, menos aún después de despertarse; antes al menos trataba y hasta se conformaba con eso de seguir caminando, pero ahora ya no valía la pena: ¿para qué? Esta pregunta al principio le quitó el sueño, al menos cuando buscaba una respuesta, pero la vida, y algún obtuso danés, le habían enseñado que el primer y sencillo movimiento es el de la resignación. ¡Una tostada! Por fin encontró el pan y se dispuso a hornearlo. Ahora, un té.

Mientras hervía el agua se recostó contra la pared y, tratando de pensar en algo, como buscándolo, levantó la cabeza. Se puso a mirar por la ventana. Una planta, esa planta, un olivo, el mismo de siempre, le gustaba verlo crecer, nunca había dado aceitunas y tampoco lo esperaba, simplemente quería ver qué podía ser de él. Tan verde, ¿qué sentirá? ¿cómo sentirá? ¿se verá verde? ¿lo angustiará? ¿qué lo angustiará? ¿Conocerá a las ninfas de los árboles? Le gustaba creer que su arbolito se llamaba Dafne. Todo eso y mucho más pensaba mientras se hacía la tostada y, por supuesto, no tenía respuestas. La vida no le había ofrecido muchas y, como si fuera poco, habían sido solo un sueño y ella no era una de esas personas con fe, una de esas maravillosas personas que se conforman en la pasividad.

¿Sueño de sueño? La palabra metasueño cruzó su mente y volvió a sonrojarse, pero esta vez fue diferente: no se sentía digna de tal palabrería, tenía apenas ocho años y ya la acosaba el miedo de caer en la misma tentación de tantos otros sofistas, la de buscar sentido sólo en intrincados juegos de palabras; de cualquier manera, ella seguía buscando la estrella fugaz que la acometía en sueños diurnos. Las estrellas, ¿dónde guardan registro de los sueños? ¿cómo los cumplen? ¿qué ganarán? ¿por qué se toman el trabajo de recorrer el cielo? ¿acaso es solamente una actitud desinteresada para consolar a aquellas personas que, por una vez, buscan dormir el sueño de los justos? Tanto hubiese dado por ese pensamiento mágico; y quizá porque no tenía nada para dar, el sueño, su sueño, no era más que eso: un sueño. Quizá por la ventana buscaba un reloj marcando las tres, un cinco de corazones, cualquier cosa, algo que demostrase la existencia tangible de su ser más allá de dos brazos pálidos colgando a los lados del camisón. Si hubiese tenido ese pensamiento mágico no estaría tan angustiada, pero lo estaba, y no lo tenía, y eso la angustiaba aún más; aunque nada como una tostada para solucionar, calmar al menos, todos estos problemas: disfrutar de cada fibra, eso contestaba, pero no lo lograba y se engañaba, consciente, todas las mañanas, a hacer otra; quién sabe, quizá el olivo crecía y la tostada comenzaba a tener sabor.

La comió en dos apurados bocados, apagó el fuego sin esperar el hervor y se dirigió al cuarto. Hoy no pensaba ir al colegio, no había dormido bien. Soñó que soñaba y eso había sido solo un sueño; si al menos pudiera soñar cosas reales, pensaba, mientras volvía por el baño, que feliz sería. Al entrar a su cuarto algo la paralizó: no fue la sombra que surcó furtiva de lado a lado la habitación sino la posibilidad de que aquella, hecha figura, sea feliz, la envidia, la posibilidad y la envidia. Se volvió a sonrojar, ahora por tercera y, según ella, última vez; le molestaba la envidia, pensaba que envidiando no solo dañaba al otro sino que no estaba conforme con su vida. No hay, realmente, muchas soluciones a este problema, y todas y cada una de ellas la espantaba: ¿suicidarse? ¿resignarse? ¿luchar? ¿disfrutar? El suicidio es la resignación suprema, pero con una revancha, decía; siempre tuvo la voluntad de pero nunca la fuerza de voluntad, había algo que la mantenía con vida, quizá el sueño, un sueño cualquiera, uno hermoso, de hadas, bosques y esas otras cosas en las que tanto deseaba creer, pero no, no era eso. ¿Quién sabe? Simplemente no lo hacía y estaba bien, no particularmente feliz, probablemente nunca lo volviese a estar, no como en ese sueño, pero no le molestaba, en algún punto se había resignado a ser. ¿Luchar por ser? ¿Cómo? ¿Por qué? Si, al final, siquiera la nada. El mismo razonamiento, aunque con un poco más de nostalgia, lo aplicaba al disfrutar. Dedicaba sus días, entonces, a la rutina y en los fines de semana largos, como este, a veces, soñaba.

Con un suave y certero movimiento, casi quirúrgico, ya común desde que faltaba a clases pasando la noche en búsqueda de respuestas en las estrellas y las tardes en las hojas, armó su cama y se volvió a hundir entre las frazadas. Desde lejos, mientras desaparecía, parecería que nunca se despertó.

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