A veces me ataca este no sé qué de insatisfacción cotidiana. Sí, ojos vacíos transfigurados en la cornucopia technicolor de 60hz. ¿La gente tiene la culpa? ¿Yo tengo la culpa? ¿Existe la culpa? Como sentimiento, como realidad, como tobogán. Dios tiene la culpa, entonces yo tengo la culpa sin haber creado el mundo en el que vivo. Mis padres tienen la culpa, entonces yo tengo la culpa sin haber pedido nacer. Pasar de culpa a responsabilidad es, simplemente, aceptar el ser y acontecer. ¿Yo tengo la responsabilidad de que la realidad sea? Mis padres son dos seres humanos, Dios no existe, el tiempo tampoco y tengo mis serias dudas respecto al espacio como algo más que una fantasía de mi mente afiebrada, entonces, ¿yo? Desayuno, voy a caminar, me intoxico y me vuelvo a dormir. Quizá en una torre de marfil encuentre la anestesia para todos los males. Con un poco de suerte y mis dos brazos puedo llegar a lo Bello, lo Bueno y lo Justo. Deliciosa fantasía. Deliciosa deliciosa deliciosa. Una tarta de jamón y queso, suavemente dorada, muy nutritiva y con ese aroma que le hace a uno querer compartirla. Pero claro, el cristianismo murió hace 2000 años, así que cada cual mejor come la mayor cantidad de porciones antes de la indigestión final. ¿El orden? De las Ideas la más bonita. ¿La realidad? Un inagotable incomprensible tan pequeño que entra en mi mano. A duras penas el mundo existe y ya bastante me pesa entre los hombros. ¿Yo? Existencia pura, corrupta alguna vez en la pregunta por la esencia. Así que Dios no existe pero lo que sí existen son las mujeres, la naturaleza y algunas líneas de placer condensado. Una pequeña islita de certeza en un mar de símbolos verosimilmente irreales, mis dos ojos: la Verdad no existe más que en mis pupilas fatigadas. Pero este gesto es tan fríamente distante al color de la realidad cotidiana, al increíble abanico de subjetividades que se apretujan en cualquier parada de colectivo, que al darme cuenta de que sólo mi necesidad busca una sentido para categóricamente dar cuenta de la realidad, me tranquilizo, almuerzo, le hablo un poco al gato y me vuelvo a entregar a mis tareas con la mayor satisfacción: no entendiendo nada.
miércoles, agosto 15, 2007
Yo tenía una vaca!
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