viernes, enero 05, 2007

Una mujer va mucho más allá de su vagina

Después de tres años de silencio y angustia, volvieron. Fue raro. Se cruzaron por Corrientes y Uruguay, en la puerta de Camelot, y ahí por fin se sentaron a tomar un café. Ninguno de los dos entendía muy bien lo que pasaba, y en aquel momento se creyeron una sola persona. A la semana se volvieron a ver. Al mes ya estaban juntos devuelta. Era tan raro verlos caminando agarrados de la mano, paraban en cada semáforo a darse un beso. Él no la dejaba de mirar y ella no podía sin él. El sexo era maravilloso. Él estaba caliente las veinticuatro horas y ella gemía como una virgen. Tenían quince años otra vez. Pero él era él y ella era ella y lentamente todo terminaba en un matiz grisáceo insoportable. Ella chasqueaba la comisura de los labios y él se retorcía en el asiento. Las discusiones volvieron a ser otra vez y ya no se soportaban. El sexo fue lentamente decayendo. Él era un hombre y ella una mujer, y mucho más allá de su pene y su vagina, se odiaban. Era una resignación de piel, sudor tortuoso de una excitación apagada. La aventura era el día a día. Él ya no trataba y a ella no le importaba. Otra vez Vietnam, El Cairo, Alabama. Otra vez los lugares comunes de la resignación. Ya ni cogían. Él la vió, por última vez, sentada en la ventana del tren de Zona Norte. Parecía una princesita, como sonreía y saludaba. Él la llamó, le dijo que así las cosas no funcionaban y que lo mejor sería que fueran amigos. Él era un obsesivo consumado y ella una histérica sin pasión. Se necesitaban, pero esto era lo mejor. Dejaron de hablar, era duro el camino por delante y mejor transitarlo sin mirar atrás: Marco Aurelio, Séneca y Cicerón, ¿de qué sirven? Ella lloraba y se deprimía, él luchaba por lo contrario, contra su obsesividad, contra sigo mismo. Pero esta vez el tiempo pasa, y con el tiempo las cosas. Y así pasaron tres meses, y se volvieron a necesitar. El instinto y la carne pudieron más y se volvieron a ver. Esta vez sin tanta sorpresa, cogieron, ella se puso la bombacha, él se levantó de la cama sólo para abrirle. Era fácil sacudirse el hastío verde entre las enredaderas del pasillo. Le dio un beso y la siguió con la mirada hasta la esquina. Ella se tomó el sesenta hacia la Paternal, el volvió a entrar y se tiró a dormir la siesta.

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