martes, septiembre 11, 2007

instantánea

- Ya no murmura el sueño sus dulces consuelos en el ocaso. Hoy, encadenado a esta silla, más por lo inútil de mis piernas que lo fatigado de mis ideas, siento lo imperceptible desvanecerse entre mis dedos. Atrás quedan los grandes días. Encerrado en mis propios ojos sólo me queda preguntar cuanto falta.

Y en este movimiento tan retórico y sutil como de costumbre, el otrora general empujó la silla de ruedas hacia el balcón y se precipitó sobre la baranda.

- ¡Señor! ¡Señor! ¿Qué le pasa?

- ¡No permitiré que mi nombre muera desgraciado entre pañales descartables y comida ya masticada!

- Haceme el favor, nena: la misma escena todos los miércoles… ¿será porque no está Tinelli?

Los labios de David se arquearon en silencio y reanudó, inspirado por el disgusto, sus esfuerzos.

- Gracias por la propina, vos avisame cuando te tires así jugamos una carrera amarilla.

Y esa fue la última vez que pidieron comida china. La situación parecía llegar a su clímax: Estela hacía zapping entre programas chimenteros de media tarde, Remedios iba y venía desesperada pensando qué hacer y David miraba el asfalto sin preocuparse por disimular su alegría: que buena que está la vida, me voy a morir, canturreaba mientras trataba de columpiarse hacia fuera. Repentinamente Remedios comenzó a atar un globo de helio al botín izquierdo de su hemipléjico senil en trance favorito.

- Si se quiere suicidar, patroncito, esto le va a ayudar a ir al Cielo.

Pero en un movimiento torpe y sin cuidado Elvis, antiguo perro guardián hoy caniche por correspondencia, dio al general ese empujoncito mágico…

- Graciaaaaaaaaaaaaaa SPLAT

OSCURIDAD, MUCHA OSCURIDAD

- Eh, ¿estoy muerto?

Todo parecía tornasol a los ojos del recién nacido. No podía mover las piernas pero tampoco parecía importarle, en Corea había aprendido que Jesús no podía darse el lujo de perder otro partido de fútbol americano. Estaba acostado, la luz que entraba por la ventana dejaba entrever el polvillo de un amanecer agitado. Se subió a la silla de ruedas y decidió explorar el paraíso recuperado: la bañadera ostentaba costritas de mugre y piel, en la cocina se amontonaban platos sucios y llegando al living se podía oler al perro.

- Ya veo la esencia de lo cotidiano en pupilas inflamadas de verosimilitud, hoy el alba ha dado a mis alas la juventud de mil sansones: respiro, los pájaros me sonríen, soy uno con Dios.

Se escucharon pasos en el corredor lateral que conectaba las habitaciones…

- ¿Pedro, Pablo?

- ¿Qué está haciendo, señor David? ¿Necesita ayuda con algo? ¿Quiere volver a la cama?

Viejo conocedor de las fiebres que puede causar la imaginación en un cuerpo muerto, apretó su amargura en una mueca espástica y decidió esperar al día siguiente para llevar a cabo su plan.

Amaneció como de costumbre, desayunaron discutiendo la actualidad como de costumbre y se fueron a tomar el fresco al porche como de costumbre…

Continuará!


Aunque probablemente no:

10 años más tarde David moría luego de demostrar aritméticamente el sentido de la vida con tinta invisible. Su obituario dijo que encontró paz en la jardinería, y que no era tinta invisible sino un cartucho vacío.

1 comentario:

la cereza del zar dijo...
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