Resulta que el otro día iba (o venía, que mucho no cambia para la ocasión) yo en colectivo ocupándome de mis asuntos, bien vestido y sin molestar a nadie, como de costumbre, cuando se me ocurre la extravagante idea de tocar el timbre, con el colectivo quieto, antes de la parada, para bajarme en el lugar más geográficamente piola. Ante el lacónismo del colectivero le chiflo: ¿me podés abrir? Y, ah, la señora que estaba al lado mío me recalca que estamos en la mitad de la calle. Tuerta no era así que la percepción de la distancia ha de pasar por otro lado. Pero ya había pasado por una situación similar en la que me limité a indicarle a mi interlocutora que si la puerta dice 'mire para atrás al bajar', por algo será. Así que me río amablemente y le contesto:
-No.
-¿A vos te parece que no?
-Y, no. La vereda está acá nomás y no veo por qué no puede abrir la puerta.
-Mirá, yo creo que es una cuestión de prudencia.
-Y yo creo que cada uno toma los riesgos que quiere.
En definitiva, la señora hizo una mueca y se bajo en la parada conmigo. Caminé resignado veinte metros de más, pero habiendo aprendido una lección de la vida: después de los sesenta, la gente se vuelve pelotuda.
-No.
-¿A vos te parece que no?
-Y, no. La vereda está acá nomás y no veo por qué no puede abrir la puerta.
-Mirá, yo creo que es una cuestión de prudencia.
-Y yo creo que cada uno toma los riesgos que quiere.
En definitiva, la señora hizo una mueca y se bajo en la parada conmigo. Caminé resignado veinte metros de más, pero habiendo aprendido una lección de la vida: después de los sesenta, la gente se vuelve pelotuda.

3 comentarios:
¿incluso Perón?
Perón era Buda.
Pensalo vos si aplica
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